miércoles, 1 de febrero de 2017

TEMA 06: ÉPOCA DE LA CONQUISTA

Descubrimiento del Perú (1511-1528)

Vasco Núñez de Balboa

En 1511 oyó decir Balboa, recién establecido en el Darién, a un hijo del cacique Comagre, que en el mar del Sur se navegaba en barcas a vela y remo y que entre aquellas gentes era el oro tan abundante como el hierro en España. En 1513, desplegando un genio extraordinario, tuvo la gloria de descubrir el Pacífico y en sus orillas adquirió datos más amplios sobre el Imperio de los Incas. En 1517, habiendo hecho pasar al través del Istmo materiales para fabricar buques, se avanzó en sus exploraciones hasta el puerto de Piñas. Ya tenía los preparativos hechos para el descubrimiento del Perú, como se llamaba ya a las regiones del Sur, mal pronunciado y peor aplicado el nombre de Virú que era el de un río y el de un cacique del Darién; pero su gloriosa carrera fue cortada por su suegro Pedrarías, quien por celos le hizo morir en el cadalso como traidor al rey.

                

Primera expedición de Pizarro y Almagro

En 1524 se reunieron para hacer el descubrimiento del Perú tres ancianos: Hernando de Luque, Diego Almagro y Francisco Pizarro.
Reunidos unos cien reclutas salió Pizarro de Panamá a mediados de noviembre y tocó en la isla de Taboga y en la de las perlas; habiendo remontado el Virú sufrió una ruda prueba en sus orillas abandonadas por los salvajes, ásperas, sin recursos y malsanas. Montenegro, que había ido por recursos a la isla de las perlas, volvió a las seis semanas; y alentados los expedicionarios con los víveres y con las noticias que les comunicaron unos indios del interior, siguieron explorando las playas inhospitalarias del Chocó.(ver documento)

Segunda expedición de Pizarro y Almagro

Vencida la oposición de Pedrarías, que quería impedir las expediciones al Perú, renovaron y formalizaron su convenio los tres socios, poniendo Luque veinte mil pesos que le prestaba secretamente el licenciado Espinosa, obligándose Pizarro y Almagro a contribuir con sus servicios, y distribuyéndose por partes iguales las futuras ganancias. Reunidos ciento sesenta hombres y dirigidos por el hábil piloto Ruiz, se encaminaron hacia el río de San Juan; conseguido allí un botín de quince mil pesos, regresó Almagro a Panamá para atraerse auxiliares; Ruiz se encargó de explorar las regiones del Sur y Pizarro se dirigió al interior.

La subida del río ofreció junto con el más bello espectáculo sufrimientos insoportables y todos los riesgos de las selvas intertropicales. Los exploradores maldecían ya sus sueños dorados, cuando llegó Ruiz que con vientos prósperos había cruzado la línea, reconocido la isla del Gallo y la bahía de San Mateo y tomado en alta mar una barca peruana y en ella dos tumbecinos, una balanza, tejidos, obras de platería y otras muestras de una civilización adelantada.
En vista de la hostilidad de los habitantes se resolvió en una junta de guerra buscar mayores fuerzas para llevar a cabo la empresa. Después de un violento altercado se acordó que Pizarro se quedara en la isla del Gallo y que Almagro regresara a Panamá.


Aventuras de Pizarro en la costa del Perú

Con tan mezquino auxilio se embarcó Pizarro en derechura para el Perú; a los veinte días entró en el bellísimo golfo de Guayaquil; tocó en la isla del Muerto a la que dio el nombre de Santa Clara; y al día siguiente hizo marchar en su compañía a una flota de tumbecinos, que iban a atacar a sus eternos rivales de la Puná. Grata fue la sorpresa y amistoso el saludo de españoles y peruanos, cuando la nave entró en el puerto de Tumbes. Del pueblo enviaron provisiones y vino un Inca deseoso de dar cuenta exacta al monarca. Pizarro envió a tierra a Alonso de Molina con gallinas y cerdos de obsequio; y al día siguiente saltó Pedro de Candia, de personalidad arrogante y con vistosas armas, quedando todos encantados de esta entrevista.


De Tumbes continuaron los descubridores su exploración hasta Santa, admirando en todas partes la cultura del país y recibiendo la acogida más afectuosa. Satisfechos ya de su descubrimiento, emprendieron la vuelta a Panamá, haciendo frecuentes arribadas para gozar de la hospitalidad peruana. En un valle, a que llamaron de Santa Cruz, les obsequió la Capullana con un festín tan espléndido, que hizo enloquecer de amor y de ambición a Alcón, joven de bella presencia y escaso de juicio. 
                 

           

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