Triunfos de Almagro
La expedición de Chile, emprendida con tanta imprevisión
como injusticias, fue fecunda en desastres, habiéndose visto expuestos los
conquistadores a perecer entre las nieves de los Andes a la ida y en los
desolados arenales a la vuelta, y habiéndose avanzado la vanguardia hasta el
Maule, el grueso del ejército hasta Coquimbo y quedando intacta la conquista
para el genio de Valdivia. Arrastrado por las sugestiones de sus amigos que no
esperaban encontrar riquezas en Chile, volvió Almagro al Perú para arrebatar a
los Pizarros la deseada posesión del Cuzco; y cuando en el camino supo del
levantamiento de Manco, creyó que podría atraerlo a la paz con promesas
lisonjeras.
A la toma del Cuzco siguió de cerca la victoria sobre Alonso
de Alvarado que, si bien permanecía en Abancay con fuerzas respetables y en
situación ventajosa, fue fácilmente derrotado por la defección de los suyos y
por el arrojo de los contrarios. Muchos almagristas querían ensangrentar los
fáciles triunfos, asesinando a los jefes prisioneros, sobre cuyas cabezas
estuvo muchas veces suspendida la sentencia de muerte. Mas otros vencedores
hicieron prevalecer consejos más humanos, a los que se prestaba de mejor
voluntad Almagro, irritable y arrebatado a la vez que confiado y bondadoso.
Negociaciones
Persecución de Almagro
El marqués, que quería recobrar el Cuzco, lo reclamó como su
conquista y su colonia en virtud de una nueva provisión real en que se mandaba
que cada uno de los gobernadores retuviese las provincias conquistadas y
pacificadas por él hasta el día en que la orden suprema llegase a su
conocimiento; luego, sin hacer muchas instancias a las réplicas de su rival, se
aprestó a desalojarle a viva fuerza. Encargado Hernando de la guerra, emprendió
las operaciones con su acostumbrada actividad, persiguiendo a los almagristas
hasta el Cuzco.
Almagro, abatido por una enfermedad que le puso al borde del
sepulcro, mal secundado por la discordia de sus capitanes y no contando mucho
con su tropa, abandonó la costa, fue rechazado de Huaitará, se detuvo en Vilcas
por la gravedad de su dolencia y alistó su ejército en el Cuzco, de donde salió
a la inmediata pampa de las Salinas para luchar con sus perseguidores. Al verla venir de
manos del verdugo, se humilló como una débil mujer para pedir de rodillas y en
el tono más lastimero la conservación de su vida que Hernando le negó con
repugnante dureza; mas viendo que su destino era inevitable, se preparó a morir
(8 de julio de 1538) con el valor que había vivido, dejando al emperador por
heredero de sus bienes y a su hijo Diego por sucesor en el gobierno de la Nueva
Toledo.
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