Preparativos para la conquista
Captura de Atahualpa
Profundamente inquieto, Pizarro participó inmediatamente con
un indio su llegada al Inca; enseguida del primer mensaje envió a Hernando de
Soto con quince caballos, y tras Soto a su hermano Hernando con veinte caballos
más para que le invitaran a venir a comer a Cajamarca. El monarca, rodeado de
más de treinta mil soldados y de una corte magnífica, recibió a los españoles
con aterradora majestad, mostró mucha circunspección en sus palabras, y no dio
muestras de sobresalto.
Pizarro, en vez de vacilar en su empresa, resolvió la
captura del Inca cuando viniera a visitarlo. Dirigía inquietas miradas a los
salones del tambo, cuando el dominico fray Vicente Valverde salió con la cruz en
la mano derecha y el breviario en la izquierda, y en un largo discurso
religioso-político le exhortó a hacerse cristiano y tributario del Emperador.
Indignado con la intempestiva, oscura e insolente exhortación replicó el Inca
que era demasiado poderoso para ser tributario de ningún rey y que no cambiaba
el Sol, que vive en los cielos y vela por sus hijos, por el Dios de los
cristianos que sus mismas criaturas habían condenado a muerte; prorrumpió luego
en formidables amenazas, y arrojó al suelo el libro sagrado que le había dado
Valverde y con cuya autoridad le había hecho intimaciones tan extrañas. «¡Los
evangelios en tierra!, exclamó el dominico. Venganza cristianos. ¿No veis lo
que pasa? ¿Para qué estáis en requerimientos con este perro lleno de soberbia?
Que vienen los campos llenos de indios; salid a él, que yo os absuelvo». Según
las señales convenidas, alzó Pizarro un pañuelo blanco, sonó un tiro y
emprendieron los conquistadores la más cruel carnicería, sin que los indios,
aterrados por el ruido de la pólvora, el movimiento de la caballería y el
brillo de las espadas, osaran defenderse. La nobleza se sacrificó por su
soberano, que no tardó en caer en manos de Pizarro.
El rescate de Atahualpa
Continuando siempre las precauciones militares, fortificó
Pizarro a Cajamarca con murallas; y queriendo convertirla en una ciudad de
cristianos transformó el templo del Sol en iglesia de San Francisco. Atahualpa,
que al través del celo religioso conoció la avidez de los conquistadores,
ofreció por su libertad llenar de piezas de oro y plata el cuarto donde estaba
preso, a la altura de nueve pies; la pieza tenía veintidós pies de largo y
diecisiete de ancho. Aceptada la oferta, se convino en que también se cubriría
de plata dos veces otro cuarto menor y él mandó ahogar en el río de Antamarca a
su hermano Huascar que podía ofrecer al caudillo español riquezas mucho mayor.
El proceso de Atahualpa
La partida de Hernando fue muy sentida por Atahualpa, cuyo
protector se había declarado. El Inca exclamó en el momento de la despedida:
«te vas capitán y me pesa de ello, porque en yéndote tú, me han de matar ese
gordo y ese tuerto». Decíalo por el tesorero Riquelme y por Almagro, que
solicitaban su muerte. El augusto prisionero era obedecido y servido siempre
como hijo del Sol, se mostraba grande y digno en la desgracia, y descubría un
genio no vulgar; todo lo que le hacía más temible a los ojos de sus
perseguidores y les disponía a sacrificarle. También los indios le
perjudicaban, unos por vengar a Huascar, otros por propalar de ligero noticias
de conspiraciones en todo el imperio, de una insurrección ya declarada y de
ataques inminentes. El intérprete Felipillo, que había osado poner sus ojos en
una de las esposas del Inca, no pensaba sino en perder al monarca por
libertarse de su terrible indignación.
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