Gobierno de Pizarro
Asesinato de Pizarro
Los amigos de Almagro
hacían responsable al marqués de la muerte de su socio y estaban reducidos a la
desesperación por la extrema pobreza; mendigaban muchos el vestido y el
sustento; subsistían otros de las ganancias del juego o de donativos precarios,
y no tenían entre doce de los principales sino una capa que para salir a la
calle se ponían por turno. No había medio de calmar su descontento, porque no
querían aceptar favores y se irritaban por hallarse desatendidos. Más de
doscientos de ellos reunidos en Lima concertaban sus proyectos de venganza,
queriendo los más moderados obtener justicia de Vaca de Castro y considerando
el mayor número sus espadas como única justicia. Juan de Rada, ayo del joven
Almagro, se puso a la cabeza de este partido y llamado por el marqués que
deseaba cortar con una franca explicación los motivos de desconfianza
recíproca, le habló en términos que le inspiraron plena confianza. En vano se
dieron a Pizarro los avisos más alarmantes.
Guerra entre Vaca de Castro y los almagristas
Con las espadas teñidas en la sangre del gobernador, llena
la ciudad de espanto y confusión por el saqueo de las casas y persecución de
los principales vecinos, fue proclamado nuevo gobernador del Perú el joven
Almagro. Para que su autoridad fuese reconocida por las demás ciudades, se
procuró levantar un ejército que diera la ley a la colonia y se trató de ganar
la opinión desfigurando los hechos.
Consumación de la Conquista
La caída de los almagristas hizo perder a los indios las
esperanzas que les había hecho concebir el fin trágico de Pizarro. Creyendo que
la conquista se acabaría con el conquistador, se habían reanimado y procurado
saciar su sed de venganza, asesinaron a los españoles que viajaban, a los que
estaban dispersos y a Valverde que se ocupaba en convertir a los habitantes de
la Puná. Mas pronto se vio que la conquista era un hecho consumado. La España,
que ejercía sobre el mundo civilizado una preponderancia visible, no podía ser
resistida con éxito. Los defensores del imperio se rendían, morían como
criminales vulgares o se salvaban en la oscuridad. El mismo Inca perecía en una
reyerta inesperada con unos cuatro almagristas refugiados en su campo. El buen
gobierno de Vaca de Castro parecía legitimar la obra de la violencia haciendo
suceder la justicia a la fuerza y el atractivo de los beneficios legales al
terror que habían inspirado los conquistadores.(ver documento)
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